Un mexicano en España VI (2 de 3)

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-Voy al desierto -dijo el español hablándose a sí mismo.
Ahora recuerdo muchas de mis palabras atenuadas por la inocencia de quien nunca ha vivido lejos de casa, como si aquel encuentro hubiera tenido algo de especial más allá de que ese hombre fuera el primer español que conocí. Las horas se fueron convirtiendo en cadillos y el sonido gordo y uniforme de los rieles se fue reduciendo hasta escucharse como una radio pegada al otro lado de la pared.
Antes, como muchos otros mexicanos aprovechaba cualquier ocasión para hablar bien de México con un extranjero, pero ahora que soy un mexicano en España me cuesta rechazar o constatar la realidad visual que anula toda justificación de nuestro caos, de eso que algunos españoles me presentan como única referencia de lo mexicano.
Ser diferente ya no es romántico sino anecdótico. El español había ido a México a buscar un cactus porque quería conocer el desierto y sus impresiones más fuertes de algo así eran las de las películas del oeste, donde ocasionalmente aparecían mexicanos malos y babeantes que asaltaban pequeños pueblos anglosajones, o la de los mexicanos sumisos que daban de comer frijoles con tortillas al héroe o aventurero rubio.
-…pero tenemos al Zorro -dije al español con sorna.
-Yo creí que era un noble -me contestó.
-Sí era noble, pero era mexicano -le dije con más sorna.
-Pues será una de las cosas que vemos diferente -me contestó con amable condescendencia.
Le había contestado las preguntas habituales, que el país tenía tres grandes identidades marcadas todas por aquellos que habitaban las tierras antes y durante la Conquista. Le dije algo de la revolución y de cómo se ganó a fuerza de juntar a todos en un proyecto cuyos fundamentos ideológicos eran meros espejismos para un pueblo aún analfabeto y en busca de su identidad. Le dije de las comidas y de las mujeres, diferentes en forma y tan parecidas en esencia, como el chile y las fiestas de quince años sangrientas.
Pero no le dije que el nuestro era un juego cuyas reglas eran, nada más por ser mexicanas, las únicas reglas. No le dije, como sé ahora, que nuestro nacionalismo nos priva de la autocrítica necesaria para crecer, como lo habían hecho ellos a fuerza de una guerra civil de cuarenta años.
-…en México esas cosas se arreglan a balazos, si no nos quedamos sin ver al muerto sufrir.
-…lo aguantamos como los franceses aguantaron la ocupación, no queríamos morir por eso.
-…¿y cómo es España? -pregunté dando un sorbo a la cerveza y evadiendo seguir el tema.
Ya teníamos varias horas conversando y en el tren los pasillos agotados callaban su algarabía de risas y murmullos, miré por la ventana, busqué los ojos del español y volvimos a ver por la ventana: eran seis u ocho casitas grises perdidas irremediablemente en algo que parecía un océano de sal, sin más vida que una bola de espinas rodando frente a ellas, sin más color que el gris de las puertas sobre el adobe carcomido, ni más flor que la que hacían las casas alineadas en media luna.
-Las dunas parecen nieve hirviendo -le dije sin mirarlo, otra vez poseído por el asombro.
-Ustedes no necesitan de guerras para escribir poesía, si tienen esto…
Nos despedimos con una mirada, empezaba a hacer frío, por un rato no pude dormir y a punto de sacar de mi bolsa el último papel que me quedaba pensé que las palabras serían como un sueño bajo mi lengua y preferí dormir en paz. Miré por la ventana… ¿De dónde habrá salido ese pueblecito? –pensé, apenas unos minutos antes era todo tan diferente, lleno de ríos y colinas. Lo último que recuerdo es a un hombre que se fue de pie toda la noche para que su esposa y su bebé durmieran cómodamente
Al amanecer el frío y la lluvia entraban por las ventanas desportilladas del tren recordándonos la voz de Dios en una larga noche. Vi la estación de ferrocarriles acercándose. El español estaba en su vagón leyendo un libro junto a su amiga, pensé “mejor bajarme y seguir con mi camino”, las despedidas son inútiles cuando son trampas de la nostalgia. Unas cuantas palabras aquí y allá, un tipo más que quiere ir al desierto y ni siquiera le había preguntado su nombre o él a mí.
El tren disminuyó su velocidad, los rieles llegaban a su final y la gente apostada en los andenes esperaba pasiva con las manos sosteniendo sus morrales y redes de comestibles. Cuando se detuvo completamente, un tumulto de brazos y piernas se dispusieron a bajar mientras agarraban sus pertenencias de los sobrepisos encima de los asientos y las madres tomaban a sus niños de las manos.
Bajé despacio pensando que estaba olvidando alguna cosa en el tren, con ese sentimiento que uno tiene cuando a punto de salir de casa se tienta las bolsas del pantalón, revisa su cartera, o ve que el teléfono esté bien colgado o recuerda si se ha lavado los dientes, pero no olvidaba nada, lo que me quedaba lo traía encima de los hombros o perdido entre las comisuras de mi pecho.
Ya en el andén di un suspiro como cada vez que llegaba a Torreón y las calles y avenidas hablaban en silencio de las tardes que mi padre me había llevado a la Alameda cuando era niño, miré por las ventanas del vagón de segunda clase y vi al español caminando hacia el vagón donde yo había estado, me quedé inmóvil un momento y corrí abriéndome paso entre la gente que salía pero un hombre del tren me pidió el boleto.
El tren empezó a dar marcha y lentamente lo observé hasta que la mano del español se perdió tras la ventana en el brillo del horizonte. Salí a la calle ardiente, ardiendo. Vi las filas de palmeras en medio de las calles agotadas por el sol y llegué a la Plaza de Armas caminando. Todavía estaban los pepenadores limpiando los jardines, y la cerveza de raíz aún sabía a niñez.

Carlos Manuel Torres Guerrero / criticarlos.wordpress.com

4 thoughts on “Un mexicano en España VI (2 de 3)”

  1. me llegó lo de queno tenemos autocrítica…
    y te diré que cuando voy al DF, a veces me miran con extrañeza, me dicen que soy agresivo… como los españoles!!!

    1. Cuando iba a Torreón desde Monterrey, me acusaban de cierta arrogancia urbana, tal vez con razón, cuando llegué a Madrid, me señalaban como a un sudaca igualado, con toda razón, y cuando volví a Monterrey, me acusaron de estar españolizado, con relativa razón… así que, Roberto, da igual si no dejamos títere con cabeza o si le damos coba a todo el mundo; honremos a la gran Mercedes que en paz descanse: Cambia el rumbo el caminante/Aúnque esto le cause daño/Y así como todo cambia/Que yo cambie no es extraño…

  2. carlos torres, me gusta com0o escribes, pero creo que te falta decirnos más sobre esos lugares que conoces… como es Torreón donde ibas con tu papa´? te digo, yo perdí a mi padre cuando era chica y recuerdo algo borroso en mi memoria, y al leerte he empezado a recordar mas

    1. Almudena: Cierto, nuestros padres andan por ahí, perdidos, en el tiempo y en las historias que ahora habitan en nosotros para siempre… Pero hay que tragar mucha saliva, y reír y hablar y cantar mucho, para que los encontremos, para que recordemos…

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