En México, la muerte es pan y azúcar

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Cantaba Mecano que los muertos salen los viernes de fiesta sin cruzar la puerta. Pero eso será en España, porque aquí, en México, no sólo cruzan la puerta, sino que regresan a casa para enchilarse y tomar tequila con sus deudos. Cada dos de noviembre los panteones se convierten en feria multicolor. No faltan la música, las risas de los niños y los puestos que, aprovechando el despilfarro y la algarabía, ofrecen los artículos más insólitos, desde discos descontinuados, imágenes de santitos con lucecitas, agua bendita y flores de plástico –pa’ que duren-, hasta comida… mucha comida: tamales, enchiladas, champurrado, mole, cocada, tejate y las delicias estrella de la fecha: el pan de muerto y las calaveritas de azúcar.
Pero para nada se imagine un pan hecho de harina de difuntito, sino uno dulce y poroso, perfumado de naranja y vainilla, de corteza tostada y recubierta de azúcar, a veces con forma semiesférica, cruzada por dos lazos también de pan y en el centro, como nosotros, el ombligo. En otras ocasiones simplemente semeja un hueso qué roer. Nada de canibalismo.
Y las calaveritas no son menos vistosas: están hechas de un jarabe de azúcar que se vierte en moldes con figura de cráneo -tan blancas y translúcidas que encelarían al alabastro- que se decoran con florecitas de jarabe de colores chillones, papelitos metálicos y, en la frente, el nombre de quien habrá de gozarlas. Sí, gozarlas: a La Catrina, nos la comemos.
Por herencia prehispánica, la muerte es una compañera. No tememos a nuestros difuntos, eso se lo dejamos a Hollywood; aquí les ofrendamos respetuosamente sus gustitos, para que disfruten, también, de los placeres terrenales. Los niños cantan que a la muerte tilica y flaca el diablo se la llevó; los adultos sabemos que podemos perder la vida en un santiamén pero que la muerte es lo único verdaderamente democrático porque para allá vamos todos. Como adolescentes perpetuos, a los mexicanos la muerte nos pela los dientes. Tal vez sea por el exceso de azúcar.

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